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September 1, 2012

El cerebro pesimista y otras razones para ser optimista

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Te doy a elegir entre dos opciones. Darte cien dólares hoy o darte doscientos dólares en diez años. Cómo imaginarás, la mayoría abrumadora responde a esta pregunta que prefiere los cien dólares hoy que esperar diez años a recibir un doscientos por ciento más.

Si variamos la pregunta, y te ofrezco dos opciones: darte cien dólares dentro de diez años o darte doscientos dólares dentro de diez años y una semana, la mayoría opta por esperar una semana más y recibir el doble de dinero.Untitled

En un análisis meramente lógico entre ambas opciones financieras, es absurdo estar dispuesto a esperar una semana después de diez años, en la segunda opción, y no estar dispuesto a esperar los mismos diez años en la primera opción. Sin embargo, más allá de la lógica, una parte de nuestro cerebro tiene arraigado eso de más vale malo conocido que bueno por conocer o más vale pájaro en mano que ver un ciento volar.

Este dilema financiero ya es viejo, y tiene rato que es un cuestionario estándar en escuelas de economía o psicología social, pero hasta hace muy poco se aplicó a voluntarios mientras se encontraban dentro de un equipo de imagen de resonancia magnética funcional con el fin de ver qué pasaba en el cerebro en el momento mismo en que se tomaban las decisiones. Se descubrió que cuando tomamos la decisión de aceptar cien dólares hoy y no el doble en diez años se activa una red neuronal diferente que cuando decidimos aceptar el doble dentro de diez años una semana.

Dicho de otro modo, usamos diferentes cerebros para evaluar lo inmediato y próximo que para analizar el futuro lejano. Y la red neuronal que maneja las recompensas a corto plazo es más fuerte y tiene más peso en nuestras decisiones que la red del largo plazo. De ahí que en cierto modo no somos nosotros mismos del todo cuando aceptamos esa compra a doce meses sin intereses, ya no digas la hipoteca de una casa.

Otro caso. Todos conocemos la famosa ley de Murphy, que dice más o menos así: «Si algo puede salir mal, lo más probable es que salga mal.» Y si bien siempre es conveniente pensar en el peor escenario y no dejarlo al olvido, para tener un plan B en caso de que las cosas se pongan mal, la ley de Murphy es tremendamente subjetiva. Y se debe a esta característica propia de nuestro cerebro y mente de recordar mejor las malas experiencias sobre las buenas. Es un mecanismo ya innato en nosotros, y de hecho forma parte de la evolución del ser humano.

En otras palabras, nuestro cerebro está configurado para ser pesimista por “default”. El hipocampo, que es la parte de nuestro cerebro donde se guardan recuerdos, almacena mejor los negativos con el fin de tenerlos para futura referencia. Es cuestión de sobrevivencia recordar que el fuego quema más que una estrellita en la frente por hacer la tarea.

Otro caso. Supongamos que alguien tiene un accidente automovilístico menor, un evento negativo pequeño. Y otra persona tiene un evento positivo extremo, como ganarse el Melate. Mientras el accidente menor va a cambiar la vida cotidiana sólo por un rato, el ganar la lotería cambia la vida cotidiana de modo radical. Se puede ir a vivir a otro lugar, cambiar hábitos de comida, viajar, en fin, el cambio es intenso y dura mucho tiempo. Sin embargo, en lo que al cerebro y mente se refieren, es más difícil regresar a la normalidad después del pequeño accidente que de ganar el gordo de la lotería.

Por otro lado, dicen que un clavo saca a otro clavo, pero la verdad es que para nuestro cerebro y mente, la proporción no es así. Me explico. En nuestro trato con las personas hay interacciones positivas e interacciones negativas. Cada que lastimamos, herimos, tratamos mal, insultamos, u ofendemos a alguien, son interacciones negativas, y aunque sean sin intención, lo importante es que así lo vive el otro. Para contrarrestar los efectos de una interacción negativa usualmente queremos compensar con una interacción positiva. Si se nos salió decirle a alguien que el color de sus zapatos parece vómito de perro, y nos pone la cara que hace el tigre de Tazmania antes de destrozar a sus presas, no basta con luego decirle “es broma, es broma, están preciosos tus zapatos, a poco te la creíste” y darle un abrazo. Hacen falta, escuchen bien, cinco interacciones positivas para contrarrestar los efectos de una interacción negativa.

¿Recuerdan lo que nuestras abuelas decían sobre dar una muy buena primera impresión? Pues no solo es cierto sino que hay que dar unas muy buenas primeras cinco impresiones antes de meter la pata con alguien. Y si la metemos, no basta un ramillete de flores.

Y hablando de recordar, me viene a la memoria aquella expresión de puedo perdonar pero no olvidar. Jorge Luis Borges, sin saber de neurociencia, lo decía claramente, “solo una cosa no existe, y es el olvido”. Y es cierto, aún cuando quisiéramos olvidar una experiencia negativa, esto no es posible. Como un mecanismo de protección, nuestro cerebro guarda siempre en su memoria trazos, rastros, de las experiencias negativas, aunque sea de modo simbólico e inconciente, como un mecanismo de protección. Este mecanismo de protección es resultado de miles de años de evolución y está ahí para nuestro bien.

Esto es muy importante tomarlo en cuenta porque en cierto sentido, es muy positivo que nuestro cerebro sea tan negativo. Al menos una parte de él. Si hagamos lo que hagamos nuestro cerebro se va a encargar por nosotros de evaluar el peor escenario, considerar la ley de Murphy, y ver todo a través de los recuerdos negativos, lo mejor es despreocuparnos y dejarlo hacer su trabajo. Innecesario alimentarlo con más pesimismo. Por el contrario, aprovechemos este recurso que la naturaleza nos ha dado, dejemos que el pesimismo funcione en un segundo plano, y dediquemos el primer plano de nuestra vida a disfrutarla, a saborear el lado positivo que tanta falta nos hace.

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com